martes, 5 de noviembre de 2013

Rito, el perrito callejerito (2000- 4 de abril 2013)


Rito

¿Qué pasó? Sí, es increíble pero terminé la tesis, pasé el examen y recogí un papel mamón que me dice Licenciada. No firmo así, se me hace extraño. 
Pasé muchas horas de terapia y tomé todo tipo de medicamentos. Zyprexa, Risperdal, Luvox, Lexapro (otra vez), Atemperator, Inveda y Quetiapina. El último fue la quetiapina pero ya no pude con ella, el sueño, el malestar y el mal humor eran demasiado para mí.  Con los otros estaba el dolor de cabeza, el sobrepeso y no sé qué tantos efectos secundarios más que no se me antojaba nada volver a experimentar. Lo dejé todo hace un par de semanas, justo cuando encontré un pastillero padrísimo de Jesús. Ya no me sirve. 
Las obsesiones se fueron... por el momento.
Lo que regresó fue la extraña necesidad de escribir y/o comunicar a quien se deje cualquier cosa que esté pensando. 


Me fui lo más lejos que pude. Yo solita me subí a un avión y por cortesía de mi hermana me aventé un mini circuito encantador por Praga, Budapest y Viena. Regresé con muchas fotos y la experiencia de haber pasado entre once y trece días entre extranjeros cuya existencia no me sorprendió. Souvenirs también. Lo más importante. Me quejé lo más que pude de mis compañeros de viaje y la falta de opciones vegetarianas. Me subí a un avión y regresé.

La última noche en Viena bajé en pijamas a tomar una cerveza yo solita. Vi a las argentinas, me despedí pero no tuvieron la ambilidad de invitarme a acompañarlas a la hora feliz, entonces me fui al pequeño lago con patitos que estaba a un lado del hotel. Ahora que lo pienso, parece que me hubiera quedado dormida viendo Alienígenas ancestrales. Es decir, nada.

Me volví a ir. Subí a patin los cientos de escalones que hay entre el tesoro y el monasterio en Petra. Me detuve a descansar, sudé, sudé y seguí caminando. Mi hermana pasó encima de un burro igual que el resto de los compañeritos españoles que tan absurdamente se fueron en hot pants y blusas transparentes a un país musulman. Yo seguí a pie. Subí, bajé, me tomé una cerveza y regresé al hotel con el resto del grupo de españoles arrogantes. No sé si todos los españoles lo sean, pero esos 64 que tuvimos que aguantar lo eran.Oh, vaya que sí.
Pasaron los días de "Jordania fascinante" y regresamos.  Todavía no tengo trabajo. Seré dama de honor en enero cuando Mrs. Weston se case. Tengo el cabello casi hasta la cintura.

Cosas.

Compro cosas.

Regalo cosas.

Me despierto a las siete de la mañana a  limpiar popó de perro. Sirvo croquetas, pongo y quito suéteres. A veces me muerden, a veces me abrazan.

Sigo gastando dinero. No sé en qué.
Lo único importante y lo único registrado es lo que se siente todos los días y a todas horas, sin importar cuánto tiempo haya pasado... y es que Rito ya no está.  

Pusé a dormir a Rito y el mundo se acabó.  Me puse a culpar a los veterinarios idiotas que no le detectaron el cáncer de hígado a tiempo pero a estas alturas ya no tiene caso. Estudios, revisiones, noches que lo dejé en observación porque estaba portándose raro. Nada sirvió. Siempre me decían lo mismo "puede ser una infección". Incluso cuando le encontré unas bolitas abajo de las orejas y lo llevé como madre histérica me dijeron que "era normal, lo que sentía eran sus ganglios". Hasta que lo llevé a una segunda opinión que llegó muy tarde. 
Era muy temprano pero despertó con diarrea y fue al único que encontre a esas horas de la mañana. "No me preocupa tanto la diarea como la inflamación de los ganglios y el higado que está tres veces más grande de lo normal". Le hicieron unos estudios, pero en lo que llegaron los resultados Rito dejó de comer, luego se quedó en los huesitos, vomitaba todo, incluyendo el agua, el suero y el ensure que le daba con jeringa, luego dejó de caminar y tenía que sostenerlo en brazos para que hiciera pipí. Perdió la vista y se golpeaba contra la pared. Pero qué les puedo decir, como alguna vez me dijeron "soy la persona más egoista del mundo" y lo tuve sufriendo y deteriorándose una semana hasta que una mañana, cuando lo tenía acostado sobre mí, con su cabecita en mi cuello empezó a llorar. Lloraba de dolor y ya no pude retenerlo. Lo envolví en una sábana y lo llevé a la mesa del veterinario. 
No lo dejé a que lo cremaran. Es que no me pude separar de él. Lo envolví en una mantita de lino, lo puse en una caja de madera, lo cubrí con cal y lo enterré. Luego planté un cerezo encima.

Rito se fue y el mundo se acabó. 

Eso fue el cuatro de abril. No sé cuánto tiempo ha pasado y no me importa. Los días pasan más o menos igual. Podría pasar otra vez exactamente lo mismo que ha pasado desde entonces, pero no importa realmente. 

Lo único importante es Rito, el perrito callejerito y la forma tan enorme en la que te puede querer un animal, hasta el momento en el que lo acuestas en una mesa de metal para que lo inyecten.

Y yo lo quiero igual.