Entregué las invitaciones, hice lo posible por lograr el mínimo intercambio social que conlleva todo el asunto y me fui a enterarme de las vidas y desgracias de los Lázaros, que por cierto, tenían vidas románticas bastante escandalosas para estar tan enfermos. Siento muchísima lástima por esa pareja a la que cachó el Capellán en plena movida. ¿Y todo para qué? Favor de introducir el pedacito de canción... Una viejita me detuvo frente al café Tacuba para explicarme que ella empezó a fumar a los 13 años y que la clave estaba en desayunar bien para llegar sana a su edad. Le agradecí enormemente el consejo y se fue sonriendo.
"Un buen desayuno", intentaré recordarlo, después, por supuesto. Tenía que irme a mi casa.
En el proceso saqué el libro elegante que había estado reservando para un momento especial... que como nunca llegó me dejó como opción el camino de regreso en metro.
"Ahí no había nada especial, unos cuantos sauces y mimbreras, la descripción del agua vasta que corría quién sabe de dónde y quién sabe adónde, entre los juncos una lancha que nadie había usado... Entró en el río, siguió caminando mientras éste subía de sus tobillos a las rodillas, de las rodillas a la cintura, de la cintura al pecho... Los pescadores lo encontraron diez días después de esa lectura, en el Danubio. Tal vez por la falta de acontecimientos más importantes, algunos periódicos capitalinos publicaron una breve nota sobre ese suceso desafortunado.
El ama de llaves Zlatana siguió sirviendo diligentemente en casas pudientes de Belgrado hasta 1941 cuando, durante el bombardeo alemán, se quedó sorda también del otro oído.
A pesar de que no tenía rivales preparando manjares, nadie la quería así. Desapareció en 1942, cuando la vieron por primera y última vez leyendo, en la ventana de su casita, un libro que no era el de la cocina de Pata Marković.
Según el juramento susurrado en su almohada de soltera, Natalia Dimitrijević siguió viviendo de los recuerdos de su amor no correspondido hacia Anastas Branica."
Goran Petrović, La mano de la Buena Fortuna
Y cuando llegué a esa parte me empezó a dar aquella comezón en la nariz que dice "quieres llorar". Efectivamente quería llorar, por todos, por Anastas, Magdalina, Zlatana y Natalia... y hasta por Nathalie, aunque no tuviera motivos más allá de celos inexplicables que supongo que en realidad son los de Natalia, vaya uste' a saber, hasta que el camión se siguió de frente en lugar de dar la vuelta a la izquierda que es necesaria para que siga su ruta acostumbrada y me deje en mi casita. ¡MADRES! Me bajé en friega y entonces descubrí que tenía tres opciones, ser valiente y usar el puente peatonal, subirme a un taxi o seguir caminando hasta que viera otro camión con mi ruta. Intenté el puente pero en cuanto pase los primeros escalones me dio horror la idea de estar parada hasta mero arriba (se veía interminablemente largo y el barandal pequeño y muy poco seguro) por lo que cobardemente retrocedí y busqué en mi monedero la posibilidad de llegar a mi casa con los escasos recursos con los que contaba. Por alguna extraña razón, los taxis en el Estado de México son carísimos y esa costumbre tan mala que tengo de soltar monedas de 5 pesos sin sentirlas me había dejado en un severos predicamento (me las dio mi hermana como puro cambio de estacionamiento, no cuentan). Caminé, ni modo. En un golpe de suerte pasó un camión de esos elegantes que hasta asientos sólidos y agradables tienen. Era mi ruta pero tuve que preguntar por aquello de las cochinas dudas. Efectivamente iba a mi casa, no se iba a largar adonde se le hinchara la gana como el otro, y una vez arriba pensé que hubiera sido bastante cómodo pasar todo el viaje desde el metro sobre esos grandes asientos que bastante me recordaron los primeros tiempos del Pumabus. Hubiera podido chillar a gusto por Anastas y sus interminables cartas.