lunes, 19 de marzo de 2012

La culpa es de los padres

¿Les he contado que me gustan los disfraces? Los amo, desde muy joven. Recuerdo perfectamente haber ido al kinder durante los famosos días de "ropa de calle" usando un disfraz de princesa y otro de Blancanieves. Puntualizo que fue durante los días de "ropa de calle" porque no se suponía que los chamacos se disfrazaran durante esos días, eso era para los festivales, no para un día semi-normal. 

(Nota: ahorita me acordé de una pinche escuincla que se burló de mi peinado de princesa que en realidad era un chongo de Jane Austen y nada más. Pasó el kinder y primaria. Ella era la típica vieja popular que hacía bailables y sostenía una fría rivalidad del tipo Estados Unidos-Rusia con Miss Crawford mientras yo pasaba los recreos viendo la calla a través de la reja. Me cambié de escuela y un año después, oh sorpresa! La pinche vieja se cambió a la misma y me dediqué a despreciarla en silencio hasta... vaya, hasta la fecha. Es más: "Querida Andrea, no sé si eres más bruta que piruja, pero como aparte de todo eres mamona y arrogante, vamos a dejarle en que eres poco menos que una desgracia para la sociedad. Me da gusto que te hayan engordado las caderas y que te pintes tan mal.
Atte.
Esa vieja que nunca supiste ni quién era pero que se te hacía rarísima"

Estaba en los disfraces. ¿Qué sería de la vida sin disfraces? Una vida normal, y perdónenme, pero eso sí que no puedo soportarlo.  Por eso recomiendo ampliamente el uso de cualquier tipo de utilería en la vida cotidiana para hacerla más divertida. A veces es suficiente una gabardina beige para sentirse como Ingrid Bergman en Casablanca, pero cuando se trata de referencias remotas, hay muchas formas maravillosas y creativas de enloquecer.
¿Qué creen que fuimos hoy? ¡Troyanos!
Sí, otra vez.
Es una cosa de lo más sencilla, un encuentro feliz con una señora artesana en el jardín del arte y salí de ahí embutida en una completa fantasía peplum.

Así se ve:

 Así me siento:

Y nada más no salgo con todo y velo a quemar incienso y bailar un poco al salir el sol, para que nadie sospeche lo que está pasando en mi cabeza. Queremos guardar el secreto. Nadie tiene que saber que llevo 22 años jugando a la reina de una civilización perdida que no puede salir de casa sin corona. ¿Les he contado de cuando Miss Crawford y yo jugábamos a las princesas en mi jardín? Como soy una narcisista sin vergüenza no recuerdo quién se suponía que fuera ella, aunque una vez la pinté como Cleopatra con todo y delineador y hubo que desmaquillarla en chinga porque de sorpresa llegó su papá, pero yo era la reina de la Atlántida, claro, para combinar con mi corona de perlas y luego me basé en mi enciclopedia de mitos griegos ilustrado con personajes de Disney para ponerme de nombre Ariadna y para ser muy correcta, casarme con Dioniso. (Nota no.2: Cómo me gustaban esas enciclopedias, nada más espero que los niños del orfanatorio las hayan disfrutado tanto como yo). 
Supongo que todas las niñas juegan a las princesas, pero creo que a mí se me atrofió la capacidad para regresar a la realidad, aunque es bastante agradable y no tengo la menor intención de cambiarlo. Eso es algo que la gente que me dice "cotizada" o que "me princeseo" jamás entenderá (¡patanes!). Si mis padres y hermana me tienen tantas consideraciones ¿para qué me voy a involucrar con un patán que me quiera traer de criada? 
Nombre, así no funcionan los cuentos. Si el precio de la madurez es mi comodidad prefiero vivir atorada en la adolescencia perpetua. Gracias, pero no gracias.
Es más, siento una comezón en mis manitas que me llaman a seguir con el frenesí de auto-regalos.

Yo con medicinas: Creo que me merezco ese bolso de lunares tan coqueto que mañana me daría 20% en cupones. Una sola cosa más, una más y ya.
Yo responsable: Oh, Jimena, basta. ¡No tienes vergüenza! Sabes que deberíamos ahorrar.
Yo con medicinas: ¡No, me lo merezco! ¡He trabajado y sufrido mucho! ¡Y tengo que ver gente malvada la próxima semana, voy a necesitar apoyo moral!
Yo responsable: Bueno, si lo dices así ya me convenciste, voy a dejar que la compres porque te quiero.
Yo con medicinas: Aw, yo te quiero más. 

¡Bolso, ahí te vamos!

6 comentarios:

  1. jajajaja me encanto la discusión consigo misma, tan cordiales ambas partes que llegaron a una resolución conveniente.

    Los disfraces son excelentes, si fuera por mí andaría con sombrero y bastón pero en el trabajo no me lo permiten o mejor aún con una túnica!

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  2. Y una corona de laurel! Sería padrísimo! pero este mundo insiste en censurar la creatividad, es una desgracia!¿Se imagina la cantidad de gente que podría empujar con su bastón? O mejor aún, podría usarlo como un arma para salvar gente inocente! Lo bueno es que el bastón sí puede usarlo si finge alguna lesión o le dice a la gente que tuvo un accidente o está cojo, pero para el sombrero no se me ocurre ninguna, sin mencionar que podrían confundirlo con un hipster y eso sería terrible. En esta vida hay que tener cuidado.

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  3. empujar gente? ya me estoy animando a inventarme una cojera

    jajaja tiene razón una confusión de esa magnitud sería terrible.

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  4. Siempre puede usarlo para quitar a la gente del camino y si le reclaman puede decir :¡ay, perdón, es que me lastimé el pie salvando a un huérfano de de ser atropellado y soy muy torpe con el bastón, lo lamento muchísimo!

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  5. Estoy de acuerdo con don Fulgencio, usted y usted misma son un encanto de coherencia y educación, no como otras que solo cacarean groseramente (como yo cuando cuando me enojo conmigo misma)

    Sus joyas nuevas....de sueño! que anillo! que brazalete! Permitame envidiarla, solo un poco.

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  6. Ay, muchas gracias, pero no se crea, los enojos con uno mismo siempre son confusos, es de lo más normal. Es usted de lo más amable,las joyas son la parte más alegre del día, es increíble lo que hacen por el ánimo de uno, las recomiendo ampliamente. Muchas gracias por pasar, nos da muchísimo gusto saber de usted doña Ek, saludos!

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