martes, 31 de agosto de 2010

Centro de adopción

Pero qué fea es la vida, y en general, todo. Y supongo que al final de todo el proceso es cuestión de ver desde afuera  la colección de pequeños factores que se atraviesan para llegar a una definición. Recuerdo que en eso insistían en la escuela, en no exagerar con la especulación, aunque siempre fuera irresistible aventurar una o dos suposiciones.

Lo que hay es una sensación muy extraña de aceptación y desprendimiento, pensando que lo que solía ser todo el mundo ya no existe, como si hubieran tirado la casa de tu niñez, o la de tu abuela. Claro, si yo tuviera recuerdos de infancia relacionados con mis abuelas, pero a una no la conocí hasta que estaba en secundaria y empecé a ir a escondidas a su casa, y de la otra lo qué más tengo es esta fea sensación de angustia antes de ir a verla, sabiendo que tengo que estar preparada y preguntándome qué será en lo que me encuentra en falta esta vez. Supongo que eso me faltó, gente. Me hubiera gustado tener primos de mi edad, o alguna tía que yo supiera que podía ser algo mío, pero no pasó, y la única vez que me permití alimentar esa fatua ilusión salí bailando, y huyendo de su casa a la mitad de la noche rescatada por mi papá. En esta familia siempre se ha insistido en la necesidad de vivir en la reserva, somos nosotros cuatro, y afuera no hay nadie más. Las respectivas familias son extraños hostiles y mis padres realmente no tienen amigos. La Thatcher jamás ha tenido un novio que en verdad lo sea. Últimamente recuerdo a Estela, la amiga de mi mamá, y ahora me pregunto si habré ido a su funeral, porque uno de mis recuerdos confusos se relaciona con ella, inmóvil, de pie, aunque ahora que lo considero podría haber estado acostada. ¿O habré ido a ver al hospital? Pobre Estela, se merecía haber tenido una vida mejor, igual que se me merecía más tiempo, una oportunidad para que le cambiara la suerte, pero tampoco pasó. Se murió joven, muy joven, probablemente antes de los treinta años, todavía  decepcionada por un cabrón, y todavía con la presión de que su mamá estaba enferma y no había quién pudiera mantenerla. Y su cirugía pudo haber salido bien, pero tampoco pasó. Y me pregunto quienes son las señoras que hablan diario, y a las que siempre le tomo recados que darle a mi madre en cuanto llegue. Son una ocupación. No puedo culpar a mi mamá por vivir tan pendiente de mí, creo que en verdad soy su única compañía, y creo que ella llegará a ser lo mismo para mí. Es cuestión de tiempo, no de que pierda la esperanza, que ya la perdí, sino de esperar a que me acostumbre. Por el momento ya no me duele tratar de reconciliarme con lo que siempre supe que pasaría conmigo, al consumirse el tiempo de gracia y  una vez jugados los años de tolerancia que podía tener. Los dolores ya no están, sólo queda esta fea sensación de abrir los ojos, por fin, y ya sin la necesidad de lentes, enterarse de cómo está la realidad. Ya que la vi, puedo aceptarla como sea, y tratar de sacar pequeños momentos que justifiquen el día.

Recuerdo que cada vez que la Thatcher y yo nos enfrascábamos en nuestros viciosos pleitos mi mamá insistía en que teníamos que encontrar la forma de resolver todo porque al final sólo nos tenemos la una a la otra, de por vida. Aterrador, cierto, pero supongo que hay resignarse, como cada vez que se le tiene que dar la razón a los demás. No hay nada más. Que no es que me queje del desierto, como que siempre supe que era mi elemento natural, siempre quise vivir en Egipto.

Es feo, creo que ya lo mencioné, desconocer. Es como pararse afuera de una de la escuelas donde pasé la mayor parte de mi vida, y encontrar esta enorme distancia que se nota en la falta de experimentar emoción alguna. Y muchas veces quise pasar frente a mi primaria y poderme probar algo, poder relacionarme con la niña del uniforme que se paraba sobre las banquitas a ver la calle, ganar, tal vez, pero desde hace unos años que no puedo. Es como si nunca hubiera estado ahí.
También me río un poco de mi misma. ¿Quién no quiere pertenecer a algún lugar, a algún grupo o alguna persona? Vivir acompañado, creo que ya entendí que no es una situación que este proyectada para mi, y ahora sí, me prometo que no volveré a intentarlo, como decidí que no volvería a intentar tener lo que me promete la tele y que parece resultarle tan sencillo de obtener a todas las personas. No me gustaría perder esta nueva tranquilidad, el mundo, sea como sea, está en orden, y el silencio es una constante. Ya no hay ni angustias ni preocupaciones ni malestares ni ahogos. He cambiado mucho, me asombra haber dejado de ser la persona que era hace unos meses, pero me pasó y como que me encuentro más verídica, más acorde con la que solía ser cuando todavía usaba uniforme. No me gusta, pero está bien porque es cierto, y lo único que vale la pena es la verdad, por más desagradable que suene. Agradezco la honestidad, sin importar que me haya convertido en esto, sea lo que sea que esté sentado aquí, todavía con la mitad de la ropa de ayer y el cabello revuelto, es necesaria y buena.

Tampoco hay emoción, ni ganas de ser mejor de lo que soy, ni fe, ni esperanza de que el bienestar llegará envuelto en palabras. Ya no hay nada, pero es un lugar real, seguro y mío.

Vivir de prestado no puede durar, en algún momento hay que desprenderse de las cosas. Y si la otra señora historiadora, la única que respondió (y que de cierta forma me da gusto que haya sido ella y no uno de los otros dos), en verdad se decide y toma la beca, supongo que perderé mi gafete invisible y mi pequeña exclusividad, pero de alguna forma también sabía que no podía durar para siempre, esperaba que al menos fueran unos meses más, pero  ni modo.
Qué infantil es la necesidad de sentirse especial.

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