¿Para qué quiero ver? La verdad es que pienso que "no quiero ver a nadie", o "preferiría no haber visto eso", muy seguido, en todo caso hay pocas cosas en las que me detenga, especialmente cuando traigo los lentes sucios, o me fijo por donde voy o me detengo a ver los colores de la vida, que en realidad, para hacerlo, tendría que acercarme mucho, casi pegando la nariz, entonces ya me entero de cómo son bien las cosas, y es bonito, claro que si, las pequeñas variaciones en la textura de las cosas, por ejemplo, no es lo mismo ver una gran mancha morada, que acercarte, mucho, y ver que no era una mancha y que no era morada, sino que era roja y las manchitas azules y rosas que se van desprendiendo, como si fuera puntillismo, me mentían. También es complicado leer, pasa que después de un rato, los lentes de contacto ya se desacomodaron, y al pestañear, me recuerdan que después de todo se trata de pedazos de plástico, hule (no sé) que están adheridos al ojo, y que después de un rato, se van a intentar salir. Con los de armazón está el peligro de romperlos, te acomodas de lado, pones la cabeza en la almohada, y madres! También puede ser que se me haya olvidado dónde los puse, y de repente, descubrimos que alguien durmió quién sabe cuántas horas sobre ellos. Ni modo, ahí estamos en tercero de secundaria otra, con la perra de la Miss Maggy interrogándome: ¿dónde están mis lentes? carajo, me cachó, sabe que no puedo ver el pizarrón y que he estado copiando lo que puso del cuaderno del pendejo de al lado. Debí inventar algo, pero estúpidamente dije la verdad, "se me rompieron", y se burló de mí hasta que se cansó.
Tantos armazones, ¿como olvidar los de colores, los flotantes, los de pasta rectangulares y en especial, los primeros, los de aro, con los que me veía más ñoña? Creo que voy a extrañar mis lentes, mucho. Claro, cuando todavía no era elegante ser un ñoño, traer lentes era diferente, me hacían sentir especial, aunque supongo que no ayudaba a la poco atractiva imagen marginal aderezada con pantalones enormes y sudaderas de hombre que llevaba en secundaria. Luego la gente no me cree. "Quién me viera", pensé hoy cuando andaba por la facultad, con vestido, mallas caladas y tacones, de repente vi que una vieja se detuvo en la escalera a barrerme y me sorprendió que fuera tan cínica. Hacía mucho que no me barrían, me sentí especial.
Extrañaré mis lentes, me voy a sentir rara, tal vez me desconozca, como cuando me operaron la nariz, también fue muy raro verme en el espejo, aunque supongo que al que no reconoceré bien está vez será al mundo (¡EL MUNDO!), no a mí. Ya pasaron once años desde entonces.
Me pregunto qué tal será ver todo el tiempo, me imagino que será más claro o más definido, o algo así. No lo sé. Odié a mi doctor, por mamón parido por Zeus, pero ni modo.
¿Estoy nerviosa o estoy emocionada? No sé distinguir bien la diferencia. No sé por qué, toda la idea de los ojos me da mucho miedo, es como el lugar perfecto para empezar si vas a torturar a alguien. No puedo dejar de pensar en que me van a levantar una capita de cada ojo (¿no aman mi terminología anatómica?) y me van a tatuar la graduación, o algo así entendí, y eso del primer doctor, porque el que hará todo mañana no me dijo nada. Se limitó a informarme que la anestesia es local, con gotas, sin agujas, a menos que quiera algo extra e intravenoso, que en cualquier otra circunstancia habría pedido con particular entusiasmo, pero el hecho de que la Thatcher vaya a pagar todo me puso más coda de lo que ya suelo ser, y decidí que no iba a pagar a un anestesiólogo extra nada más porque su hermanita la mensa no puede controlar sus nervios, ella dijo que estaba bien, pero yo digo que no está pensando claramente. ¡Alguien tiene que hablarle de economía a la Thatcher! De todas formas, el señor doctor dijo que él no creía que fuera a necesitarlo, y el tacaño que vive en mi cabeza y me susurra constantemente al oído me dijo "tiene razón", y yo lo apoyé.
Ahora sólo debo quedarme tranquila, no moverme y no echar nada a perder, que en realidad es lo que más me da miedo, no sé por que tengo un talento para arruinar las cosas sin querer, metiendo la pata donde y cuando no debía.
Tal vez Jane tiene razón, y el asunto de ver bien es parte de lo que ella cree tiene que ser un buen año. "Ya nos ha ido muy mal" dijo, cuando aprovechamos el dos por uno en las cervezas para festejar un poco que por fin cumplió 25 años y ya me alcanzó. ¿Hay algo más decadente que meterse al bar de un sanborns a aprovechar la hora feliz rodeadas de oficinistas, parejas clandestinas y señores retirados con un cantante en el teclado a manera de música de fondo? Espero que no, ese era el punto. También esperábamos a que Rito saliera del salón de belleza.
Los cumpleaños, ya pasaron diez años desde que estábamos sentadas en unos quince años preguntándonos ¿cuánto falta para poder huir?
Al final, terminamos en un parque, como siempre, y decidí que sí voy a extrañar la ventaja (aunque en teoría sea lo contrario) de no tener que ver lo que pasa alrededor. ¿Quiero fingir que no estoy aquí, como por ejemplo, las filas en el patio del colegio? Me quito los lentes!
Ya no se podrá, bueno, quién sabe, veamos si no me muevo y lo arruino, esperemos que no.
¿Qué es eso? Tengo una especie de sensación extraña en el estómago, se parece a regresar a la escuela, creo que son nervios. Qué cosa tan desagradable, qué bueno que ya no tengo que ir a la escuela, que me piquen los ojos todo lo que quieran, pero escuela no.
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