martes, 3 de abril de 2012

Sombreros y mascadas

Cable decidió hacernos la vida miserable desde el sábado, de repente viene y va y no hay nada que podamos hacer, de hecho, me pregunto si alcanzaré a publicar nuestro boletín de noticias reglamentario. Sobra decir que la Dra. Pills cree que me ahogo en un vaso de agua y que reacciono muy mal al estrés, pero el miércoles probaremos medicinas nuevas a ver qué tal nos va. No sé si habrá sido el extraño acceso de "nada importa en la vida" o el que una de mis metas de terapia sea la socialización que decidí tragarme todos los terrores representados por una visita que signifique pasar por cualquier lugar aledaño a Tepito y me fui a la lagunilla con Kitty. Creo que el motor fue que tenía muchas ganas de ver a Kitty y como nos ha enseñado la relación de Jane y Mr. Bingley II, a las amigas hay que aprovecharlas mientras no tienen novio, porque en cuanto lo tengan se quedan sin fines de semana disponibles. ¿Seríamos capaces de controlar la ansiedad y aventarnos a hacer semejante cosa? ¡La lagunilla! No les voy a mentir, estaba aterrada, pero Kitty fue pura compasión y hasta me ayudó a cruzar las calles. Lo que descubrí en la lagunilla fue un universo de compras, que en el mundo de las personas adictas al consumo (como yo), fue poco menos que un par de horas de puro cielo. Kitty compró un vestido elegante con aplicaciones coquetas en los hombros y una blusa estampada con un moño, un collar y un bellísimo anillo en forma de reloj cucú. Ya en el pasillo de las antigüedades, compré lentes sesenteros y guantes, una mascada y un pastillero en forma de librito. Lo compré porque el librito era El castillo de los Cárpatos y se me hizo demasiado coqueto para dejarlo ahí. Aunque al principio no entendía bien el asunto de regatear porque soy muy atrabancada y pago a lo bruto, en cuestión de dos puestos ya estaba negociando el precio de dos collares y un anillo que encontramos en otro de los pasillos que no eran de antigüedades. ¿Vieron eso? Me hincho de orgullo. Jamás creí que me harían caso, fue una sorpresa cuando me dijeron que sí. Ahora que lo pienso debí haber regateado los lentes y los guantes, pero ya no hay nada que hacer más que disfrutarlos y conseguir ponerle micas a los que venían como mero armazón, que extrañamente son mis consentidos.
¿Sintieron eso? Ya estoy en el camino completo a la transformación. Cada día me pierdo más en los disfraces y soy un poco más exótica, es como si no pudiera evitarlo y me pregunto si la falta de cable será parte del problema. Sin tele ni internet me refugié de madrazo en mis coquetos libros nuevos y ahora se me llenó la cabeza de cosas, personas, lugares y lenguaje de traducción extraño que eventualmente termina perdiéndonos  un poco más en la frontera difusa entre la realidad y el mundo de la cabeza. Pero no se preocupen, a lo que sí me le resistí fue a los sombreros con plumas. Creo que todavía no puedo ser tan extravagante... sí, "todavía". Pero es cuestión de tiempo.
¡Disfraces, ahí les voy!

2 comentarios:

  1. me alegra que este cumpliendo sus metas... pero Tepito!? ese es un lugar muy rudo, tome sus precauciones cuando este por ahí.

    usted que puede disfrute los disfraces

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  2. Es que fíjese que yo no sabía bien por donde íbamos. Nos bajamos del metro en lagunilla/garibaldi y caminábamos por una especie de tianguis que yo supuse era la lagunilla hasta que Kitty me dijo "no querida, esto es Tepito" y ahí me aterré, pero estamos vivos! Todos podemos disfrazarnos don Fulgencio!

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