Menos de 20 minutos en compañía de mis tías un sábado por la tarde y todavía no se pasa el malestar. Es inevitable sentirse derrotado al final del cuento. En algún momento tengo que aceptar que nunca tendré mi final de teen movie, ese donde el anti-heroe poco interesante y nada triunfador sale reivindicado ante el mundo gracias a la constancia de su buen corazón. No va a pasar, debería, pero citando a Bender en The breakfast club: "The world is an imperfect place".
Imagínese usted la escena final de película, el underdog del cuento, el flaquito por el que nadie apostaría 3 pesos, está a punto de darse por vencido, mientras que el grandote y fuerte celebra su casi victoria recibiendo la adoración de su público. Lo ideal sería que el flaquito se calmara, recobrara fuerzas y de un madrazo ganara la pelea, como al final de Karate Kid. Nadie tenía fe en Daniel-san, pero en un momento de concentración, toda la sabiduría del Sr. Miyagi rinde sus frutos y Daniel descubre que el señor tenía buenas razones para hacerlo parecer un idiota durante sus prácticas en la playa. Después del patadón gana el concurso, se queda con la güera que estaba fuera de sus ligas y es reivindicado ante la sociedad que tan poco lo estimaba.
¡Ganó el underdog!
Todos somos felices.
Lo malo es que en la pelea mítica que libramos contra las tres arpías, nunca gana el debilucho. Al final, el pescador huérfano de parentela desconocida no mata a nadie y definitivamente no regresa al pueblo que lo quería linchar para reclamar el trono y casarse con la princesa. Termina en algún rincón, esperando a los aldeanos que lo persiguen con antorchas, pensando: "Soy una persona tan terrible que es más fácil querer a Hitler que mí". Nótese que con Hitler me refiero a mi prima, a.k.a. Paula la nazi, que parece que se la está pasando padrísimo en la India y nada más para no ser testigo de su felicidad me resisto con todas mis fuerzas a revivir la red social que tanto trabajo me cuesta mantener bajo tierra. Me llama la maldita, quiero ver pero no quiero que me vean, es terrible. ¿De verdad quiero ver? No, mejor no.
¿Qué fue? ¿De dónde vino la devastación? No sé, supongo que ceder a las mentiras y los chantajes siempre es molesto (daña la autoestima) pero una cosa es que hagan lo que se les hinche la gana con mi tiempo y otra que haya estado a punto de dejar a Rito solito, encerrado en el coche en el estacionamiento de una plaza hasta casa de la chingada nada más por consecuentar los caprichos de una mujer que no puede evitar recordarme lo mucho que me odia cada vez que me ve. ¿Qué es lo peor? La burla sutil o el desinterés absoluto. Carajo, hace muchos meses que no me ven, no van a preguntar siquiera "¿qué andas haciendo?" No, porque eso significaría dirigirme la palabra y eso sería como bajarse de sus enormes tacones (sea lo que sea que signifique eso, ya ni sé).
¿Pa' qué voy? Por lo general no lo hago, pero a mi me dijeron que íbamos a ver a mi abuela a casa de mi tía, nada más. "¿De veras no van a estar mis tías?" Pregunté ingenuamente pensando que me iban a decir la verdad, as if! Me dijeron que no, para nada, hasta me podía llevar a Rito que últimamente parece que no se puede quedar solo porque le da por escarbar macetas, embarrar tierra y marcar nuevos territorios por todas partes. Una hora de camino y mucha lluvia después, entro a la habitación y... oh sorpresa! ¡Estaban todas juntas!
El primer problema fueron los enormes perros que había en la propiedad. Pregunta: ¿es mucho problema esterilizar a sus animales? Es muy desagradable tener que correr con mi hijo en brazos porque por alguna extraña razón unos mastodontes lo ven chiquito, vulnerable y creen que pueden abusar de su inocencia.
Como si la incomodidad no fuera suficiente, Celeno, la que se supone es mi madrina de bautizo, decidió que a huevo íbamos a comer, con todo y aguacero. Yo no quería ir pero no nos iban a dejar ir así tan fácil. No ayudó el que Celeno repartiera regalitos y recuerdos a todo mundo, en mi cara, menos a mí. Es lo que hace siempre para recordarme que no le agrado, aparte de no voltearme a ver y evitar dirigirme la palabra.
Sugerí pedir algo pero se hizo caso omiso de mi opinión y se decidió que a huevo íbamos a salir... entonces intenté apelar a la ayuda de mi madre pero no sirvió de nada.
Pensé, en contra de mi mejor juicio, que podía creerles cuando dijeron que era "una plaza abierta, te dejan tener al perro en la parte de afuera"... pero cuando llegamos, lo primero que vi fue un gran letrero de esos donde se prohíbe la entrada a animales.
Me engañaron... again.
Con Rito en brazos y un montón de coches haciendo fila dejé al pobre inocente en el asiento de atrás. Estaba aterrada, perseguí al valet parking para que me cuidara al pequeño perro, le pregunté si iba a estar bien, si me lo cuidaba, si podía bajar a checarlo y me dijo a todo que sí. Sospecho que el señor me dio el avión. Mientras, subí las escaleras en uno de esos estados en los que las manos tiemblan y a pesar del aguacero el enojo sube la temperatura y comienzan a picar los ojos que amenazan con ponerse a llorar del pinche coraje. Seguía temblando y con muchos trabajos apenas podía apretar las pequeñas teclas de mi teléfono para preguntarle a mi hermana qué podía hacer. En otros detalles encantadores de la malvada Celeno, el restaurante que escogió era de carnes. ¡ERA UN PUTO RESTAURANTE DE CARNES! ¿En serio? Dando vueltas como loca esperando que llegaran mi hermana me dijo "diles que no y ya".
¡Era tan fácil! Me despedí de todas y les dije que me iba. Ahora que lo pienso fue lo mejor, si me quedaba, iba a sufrir la comida en pánico, preguntándome si Rito no intentaría brincar por la ventana y se me perdería en las calle de un zona desconocida para él y para mí. Entonces empezaría a beber y como la borracha rencorosa que soy terminaría soltando dos o tres mentadas de madre y al final del día habría causado un problema mucho más grande que el simple desaire de haberme largado en un principio. Las vi subir, todas igualitas y resistí la tentación de gritar. Ni modo, a despedirse y no aceptar un argumento más. Si su adversario se pone necio, sea usted más cortante, más agresivo y aviéntese directo al abrazo de despedida. Corrí escaleras abajo rumbo al estacionamiento hasta que llegué al pequeño Rito. El pobre estaba muy confundido pero sobrevivimos. Lo logramos.
¿Por qué putas le fallaría a Rito? Tenemos un trato. Confía en mí, no puedo dejarlo encerrado un montón de horas en un coche, sin agua, sin comida y sin saber qué diablos estaba pasando. "Soy una bruja, una cobarde y una bruja" le expliqué a Rito que en toda su generosidad me perdonó. La mayor diferencia está en que Rito no me puso condiciones para aceptarme, mientras que las mencionadas hijas de Taumante, jamás han estado dispuestas a otorgar la más mínima amabilidad (ya no digamos afecto) sin un montón de requisitos previos. ¿De eso se trata? ¿Se supone que uno pase toda su vida haciendo méritos, pidiendo aprobación, cumpliendo expectativas, reuniendo condiciones? Ahí estoy yo, haciendo mi mejor esfuerzo, para que en el momento en el que me de la vuelta puedan hablar mal de mí hasta cansarse.
Y mientras, Rito estaba sentadito en el asiento, con la lengua de fuera, esperándome. No señoras, ahora sí no.
Lo que me hace sentir mal es pensar que estuve a punto de dejarlo encerrado en el coche, sabiendo lo peligroso y cruel que es, por culpa de los caprichos de una mujer a la que no le importo nada. Y ya ni mencionamos el detallazo que tuvieron (las que sí me concedieron la gracia de su atención) al recordarme que "no quieren ver el drama que voy a hacer cuando se me muera el perro".
Tienen razón, voy a hacer un drama, voy a sufrir un chingo y me voy a retorcer y tal vez me ponga igual de mal que cuando se nos fue el pequeño Gufildro. Lloraré, dejaré de dormir, andaré vagando, abandonaré temporalmente la facultad, me esconderé en el museo de arte moderno mientras decido si no será una estupidez cambiarme de carrera y empezaré a beber hasta vomitar moraditos en alguno de los circuitos de Satélite a horas extrañas de la noche... pero no veo la necesidad de recordármelo ahorita.
Precisamente porque me queda poco tiempo, tal vez unos tres años más, quién sabe, no tengo la menor intención de fastidiar ni un minutito de la vida de Rito.
A lo mejor en él está el final feliz de la teen movie. ¡Rito le ganó a los güeros de Cobra Kai!
¡Qué bonitos son los finales felices!
Qué cosas, pero al final sí hay final feliz.
ResponderEliminar(Música de fondo: Eye of the tiger) No es Rocky, es Rito, pero funciona.
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