Momento incómodo y confuso del día: La crisis de la conexión. No sé qué diablos pasa pero el archivo elegante que me daba miedo (ya no) anda muy concurrido. De pronto, mientras me ocupaba a medias, mal y sin poner atención, de lo poco que quedaba del volumen de mi hospital llegó un personaje de largos cabellos muy al estilo "sencillez voluntaria en honor a mis venerables ancestros". ¿Cuál? Quién sabe. Lo que me causa conflicto del personaje, y en general de todos los de su tipo, es que estén tan peinados. Un hombre que se deja el pelo largo casi a la cintura sólo debería hacerlo porque de veras le importa un carajo el asunto como para ocuparse de él, no se supone que se haya cepillado cual princesa frente al tocador cien veces en la mañana y cien veces en la noche. Por eso, el que su coletita esté perfectamente peinada me parece reprobable. Me recuerda al cretino, ese profesor que usaba la palabra "patético" con demasiado entusiasmo en su asquerosa clase. Uno de esos acomplejados que como siempre quiso ser popular cuando lo agarraban de puerquito en secundaria esperó un tiempo prudente para que las glorias de la Academia (con mayúsculas) lo hicieran mejor que los demás y pudiera convencer a los jóvenes más afortunados que él de lo mucho que quieren ser sus amigos a costa de unos cuantos insultos que bien valen la pena.
El punto es que este señor de mediana edad, mala actitud y sedosa cabellera llegó tarde. Lo admito, yo también llegué tarde, pero considerando que yo nada más fui para escapar un poco de la tensión que causa la ausencia de Flor en la vida de esta casa, tengo justificación. Como sea llegué antes que él y otras personas regulares que por lo general no se sientan hasta el fondo, en el rincón obscuro que me gusta a mí —y que probablemente me está jodiendo la vista— pero hoy no les quedó otra opción.
Ese señor llegó y como no encontraba donde conectar su computadora de repente se fue a buscar a la señora del archivo que llegó uno de esos conectores múltiples y se pusieron a comparar las conexiones y a desconectarle el cable a la señora de los tacones molestos que estaba junto a mí pero no servía y de repente algo había salido mal mientras que yo los observaba y me preguntaba "¿debería decir algo considerando que yo tengo una extensión?" ¡Por supuesto que no!
Tampoco me preocupó la vecina de los tacones, la verdad es que se me hizo una completa desconsideración que se largara a comer y dejara ahí el material y la computadora prendida como si nadie necesitara esa silla. Se largó como dos horas con el novio mientras seguía llegando gente a la que tenían que acomodar apretados en la mesa del catálogo, fue una barbaridad. Y azoto mi abanico para abrirlo y poder recuperarme del escándalo que me causa semejante comportamiento.
Soy más feliz siendo abiertamente desagradable. No, no tengo que sonreír, ni ser amable. Es mi extensión, deal with it. Luego, corrí para apropiarme de un asiento en el metro y me sentí realizada cuando gané. Tranquilos, no se lo robé a una viejita, ni a una monja, era una de esas escuincla alternativas que todavía es suficientemente joven como para aguantar el viaje de pie. Hey, yo soy una persona mayor y como tal exijo consideraciones.
¿Qué van a hacer? No pueden hacerme nada, tengo agua de San Ignacio.
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