Odio a la gente... lo malo es que ahora no sé por qué. Todo había ido tan bien, bueno, regularmente bien. Por un lado se me olvidó que había dejado un cartel en el super para que anunciaran a la pobre Doloritas, por eso me sorprendió tanto que me hablaran en la mañana para preguntar por ella. Como que de momento no supe qué hacer. ¿Y si esta señora que dice que su hija la quiere y que pregunta si pueden verla es mejor opción que la otra señora que hasta hoy no ha llamado? ¿le mentía? ¿la llevaba a verla? Pero ya está "comprometida" la pequeña Dolores. ¿Qué hacer? Pues decir la verdad, que ya la adoptaron pero que si por alguna razón no se concreta el asunto yo la llamo felizmente. Bien, buena solución. ¡Doloritas anda cotizada! Con esa confianza ya puedo ir a acosar al señor veterinario y a la señora cocinera con lo del contrato, que por cierto recorté, le quitamos como dos páginas y media que nos parecieron un poco invasivas.
Estaba contenta en verdad, y de hecho estaba tan contenta con el asunto que decidí que yo solita podía empezar a ser persona de verdad y cumplir con mis obligaciones. Digo, ya me había bañado, tal acontecimiento ameritaba que saliera a la calle para algo y de todos modos tenía que verificar el coche. Me fui yo solita, con todo y la mirada de reprobación porque los del verificentro no "son mis amigos" y no sé con quién ir ni qué máquina pedir.
Todos los años, desde hace diez años, paso por aquello de "me acompañas para que aprendas" pero parece que nunca termino de estar preparada, por eso creí que no podía ser tan difícil ir yo sola, no tiene gran ciencia hacer esas cosas. "Todo saldrá bien", pensaba muy contenta sobre el asunto, al menos hasta que me regresaron el coche dos veces porque no pasaba... chale, qué angustia, no tanto por no pasar la verificación, total, según lo que me explicaron nada más te dan el rechazo, lo llevas a afinar y regresar a pasarlo otra vez sin que te cobren la segunda vuelta, pero lo que me molestaba era la satisfacción con la que me verían al regresar: "¿Ves? No sabes hacer las cosas, es que no me haces caso, es que siempre te ven la cara", con sus debidas recriminaciones sobre todo lo que debí haber hecho que jamás se me ocurrió. Qué gloriosa sensación aquella cuando llegaron con mi calcomanía: JA! Toma eso mundo! Lo pasaron tres veces por dos máquina distintas pero eso no se lo vamos a decir a nadie. Qué bonitos son los humildes triunfos cotidianos.
Y por todo eso, supuse que me merecía un premio.
Tanta alegría no pudo haberme preparado para lo que me esperaba: mensaje de una de mis ex-compañeritas, la que tiene el bebé. La verdad es que sí tengo bonitos recuerdos de ella, de su casa macabra, sus fiestas de cumpleaños y tardes de Barbies. Si bien es cierto que le dejé de hablar deliberadamente -pero no por iniciativa propia- a los diez años, también me caería bien verla, digo, no me daría horror. Lo que sí me daría horror sería ver a más ex-carmelitas como dijo ella. Chale, cómo podría traducir "me daría una forma de melancólica alegría verte a ti, y tal vez alguna que otra más, pero a las que invitaron a la última reunión no las quiero ver ni en pintura". No lo voy a negar, hay un par de viejas que no quiero ver nunca más, a menos que sea en la portada del Alarma!
Bueno, hice lo que pude por ser diplomática sin decir abiertamente "tú me caes rebien pero odio a las otras perras".
Una cosa de lo más extraña, en especial por todo ese asunto de que te confronten con tanta infancia tan seguido. Entre Miss Crawford y esta joven señora, las dos con bebé, ya no sé qué tanta confusión de identidad trae una en la cabeza. Ahora que lo pienso debí haber sido una niña muy habladora y ruidosa, de otra forma no me explico que se acuerden de algunas cosas.
Cuando era joven, como temprana infancia, siempre hacia cosas que ameritaban regaño y recibirlos me daba mucha pena. El primero que recuerdo fue por hablar con Miss Crawford en clase, y ya de ahí se siguieron muchos momentos históricos en los que me tocaba regaño o castigo por andar de bocona y andar dando mi opinión cuando no me la pedían. Le sorprendería lo mal que se tomaban mis maestras a los niños que se creen muy chistosos y tienen la mala tendencia de hacer comentarios en voz alta a la mitad de la nada.
Creo que les he contado hasta el cansancio (y probablemente lo volveré a hacer) de aquel chiste que me salió tan mal y que me hizo sentir culpable por mucho tiempo. Fue una maestra de inglés, la teacher Lety, que un día dedicó la oración a las madres que trabajan para mantener a sus hijos y que por alguna razón (creo que lo leí en Mafalda) me provocó añadir "y a la mía, que es esclava de su hogar", cosa que me pareció muy simpática en el momento. No lo era, se enojó mucho y me dio un discurso sobre las mujeres que tienen que alimentar a sus hijos y que qué bueno que mi mama no tuviera que trabajar pero estábamos pidiendo por una mamá enferma que no tenía dinero y no sé qué tantas cosas más. ¿Ha sentido la reprobación moral multiplicada unas veinticinco veces sobre usted? ¡Es horrendo! Es peor que pasar al pizarrón y no saber hacer divisiones todavía. Otro trauma más, por cierto.
El punto es que esa misma maestra estaba en el baby shower y no había reparado en que estuvimos hablando con ella. No se acordaba de mí, pero sí de mi mamá y se puso a platicarle de su divorcio. Parece que después de 35 años el marido le pidió el divorcio y ahora anda con el tío de Miss Crawford, imagínese usted esa casualidad. Y pensar que rezamos tantas mañanas en el salón porque se recuperara su esposo (no sé qué tenía, pero de algo estaba enfermo) para que se divorciaran un día normal. De haber sabido me hubiera ahorrado las oraciones.
Otra vez nos cacharon en plena guerra de kleenex mojados, pero esa fue otra maestra de inglés, una de lentes que también era muy amiga de mi mamá, y recuerdo haber intentado esconderme detrás de una de esas niñas demasiado altas y fornidas para su edad con la esperanza de que no me reconociera. No me daba miedo que me acusara, era cuestión de vergüenza, pura y vil vergüenza.
Otra vez nos cacharon en plena guerra de kleenex mojados, pero esa fue otra maestra de inglés, una de lentes que también era muy amiga de mi mamá, y recuerdo haber intentado esconderme detrás de una de esas niñas demasiado altas y fornidas para su edad con la esperanza de que no me reconociera. No me daba miedo que me acusara, era cuestión de vergüenza, pura y vil vergüenza.
Alguien debería decirle a los niños que al entrar a la escuela, nunca, nunca se tomen a sus maestros tan en serio. Ni a los maestros ni a las monjas. Yo haría eso si tuviera hijos, prefiero que crezcan salvajes y problemáticos a que me los repriman sin causa justa. Si una monja le pica las piernas a unas hija mía para que se siente como una señorita o le mienta la madre por andarle dando sugerencias de castigo para otro niño ("cuando quiera tu opinión Jimena, te la pediré", o el clásico "ve a pararte al rincón o a la puerta"), la saco de la escuela y la vuelvo montessori. Total, yo salí del colegio en el más completo analfabetismo, nomas pregúntenle a mis profesores de letras, ellos se los dirán.
Bueno... si tuviera hijos, cosa que no creo que pueda pasar.
Bueno... si tuviera hijos, cosa que no creo que pueda pasar.
La espontaneidad se perdió, supongo, creo que empezó con la gran depresión de los diez años. Cuando no puedes hablar de verdad con alguien, como tus amigas, por ejemplo, la puerta se va cerrando y cerrando hasta que no sólo no puedes hablar de cosas reales con ellas, tampoco puedes jugar resorte con ellas, ni siquiera compartir el lunch en el recreo. Con el tiempo ya no hablaba con nadie y era muy conocido que no tenía amigos. Lo bueno es que Miss Crawford siempre me metía a sus equipos para ir a retiros o cosas de esas, entonces no tenía que preocuparme por ir sola en el camión, esa inquietud llegó hasta la siguiente escuela.
Al principio sólo era optar por quedarse callada y usar los recreos para leer novelas chafas de Sanborns, pero si era necesario no había gran problema con responder a una pregunta, soportar medianamente un ensayo chafa de debate o exponer algo enfrente del salón. Ya con el paso de los años la reserva se fue convirtiendo en completa incapacidad para hacer una cosa de esas.
La sensación de vil vergüenza, esa que se sube a la cara y pone a arder las mejillas, se adelantó al movimiento imprudente. Ya no necesitaba que me regañaran para ponerme roja y querer esconderme para siempre de la mortificación, la vergüenza empezó a llegar solita con la mera posibilidad de tener que decir algo en voz alta y de repente sentir todos los ojos sobre mí. Qué pánico y qué horror. Cuando entré a estudiar letras la Sra. Doc me mandó inderalici para que pudiera participar o exponer en clase sin que la presión arterial me matara. Nunca funcionó, en parte porque no entendía un carajo de lo que estaba estudiando y en parte porque el temblor no desaparecía del todo, tampoco la sensación de calor en la cara y la imposibilidad de articular las palabras correctamente.
Otra buena razón para no ir a una reunión de esas. Puedo manejar decorosamente la interacción con una persona, pero más de dos lo veo difícil.
No hay que ponernos temerarios, si me empieza a dar pena ver a la gente podría perder el control y buscar una razón para salir corriendo. Algo así como "vaya, dejé algo en la lumbre, me tengo que ir". ¿Se imaginan? Un montón de ex-carmelitas metidas en una habitación, tal vez sin alcohol por aquello de la lactancia, lo veo muy difícil de superar.
Un placer señoras, sean felices por siempre, pero ex-carmelita no soy!
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