martes, 8 de marzo de 2011

Soft rock para Doloritas

Esto es demasiada confusión. Por un lado la señora vecina y las personas de los albergues y demás asociaciones lo asustan a uno con aquello de "contrato mata carita", y aunque ayer estaba muy decidida a acosar a la gente ya lo estaba dudando en la mañana, más o menos a la hora en que molía alegremente mi café.
Releía el contrato, la versión editada, una y otra vez, y seguía sin animarme a pedirlo del todo. Es que... ¿y si la espanto? No es por nada pero ese contrato me espantaría hasta mí, la verdad es que no puedo calcular cuántas horas semanales de ejercicio necesita Rito, no tiene un espacio propio para bañarse, tampoco puedo saber cuánto dinero invierto mensualmente en su cuidado y le doy de comer cuando me convence con sus chantajes, ya sin contar con que Sibila vive en un patio con una ancianita y no la paseo ni juego con ella como debería. ¡Soy una mala adoptante!

Y eso le decía al señor veterinario del afro. Cuando yo adopté a Rito, el señor amigo de mi hermana que lo rescató de la calle no me hizo firmar nada, tampoco me pidió credencial de elector ni me puso en periodo de prueba. "¿Y cómo está cuidado?" dijo el señor veterinario cuando llegué con mi crisis de consciencia. Ya de ahí me terminó de convencer rápido... maldita sea, tengo un criterio muy maleable.
Sigo sin acercarme a Doloritas, nada más la observo de lejos, acostada en su jaula papando moscas pacíficamente. Es lo mejor para las dos, especialmente para mí que tengo muchos problemas emocionales y una muy extraña tendencia a formar lazos afectivos firmes únicamente con perros. La verdad es que de todos modos me solté a las lágrimas públicas en cuanto salí de la veterinaria, no lo niego. Al final ni sé qué tantas cosas me dijo el señor doctor, pero recuerdo haberle pedido encarecidamente que me avisaran antes de que se fuera para despedirme de ella.  Mi pobre y gentil Doloritas, tan felices que pudimos haber sido.

Lo que me recuerda... debí haber estado muy distraída las últimas veces que fui al veterinario porque no había notado la existencia de una pesera con una gran víbora malévola e infernal enroscada adentro, justo a un ladito de las silla donde me había estado sentando a esperar. ¡No la había visto! Fue hoy que de reojo capté la presencia escamosa del enviado de Satanás y de un brinco me fui a a meter al consultorio. Sí, ahí estaba mejor, aunque el veterinario siguiera hablando con otras personas extrañas, al parecer de algún tipo de granja. Hablaban de cerdos, cerditos inocentes que criaban y vendían como lechoncitos.
Nunca había estado tan contenta de haber renunciado a la carne (ja, qué bíblico sonó eso!).

Me siento frutal, como sombrero de Carmen Miranda.

Pero regresando al señor granjero, tal vez sí hay granjas por aquí y mi pato no murió horriblemente a manos de los gatos de la vecina. Tal vez sí se fue a la granja a ser feliz con otros patitos como él.  Igual que Dolores se irá a una vida de felicidad y compañerismo con una canción de los Carpenters de fondo. 

Sí, eso pasará. 

Y habrá hielo seco, tira bordada y coros suaves y sutiles.



¡Así será la vida de Doloritas maldita sea!

(Sin la anorexia secreta por supuesto.)

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