No les voy a mentir, regresar a la Facultad, aunque fuera un ratito, fue espantoso, de veras. Vamos a ponerlo así, al final del día me había pasado quién sabe cuántas horas ahogada en depresión, lágrimas y una extraña sensación de completo auto-odio. Mi hermana me trajo suspiros de nuez (esos pequeños pedacitos de gloria azucarada) y ni así se solucionó el asunto. Terminé escribiendo locamente alrededor de las dos de la mañana en algún tipo de "grupo de ayuda" para desgraciados con fobia social como yo. Nadie me respondió, no me sorprende. No podía superar la actitud de asco del señor coordinador. Ya se me había olvidado por completo lo que te podía hacer esa Facultad y todos sus habitantes, la clase de personas que son... cómo hablan y esa actitud de superioridad mezclada con asco que parece decir "sufro y siento nauseas por la existencia de tanta ignorancia en este mundo de ciegos donde sólo yo puedo ver". Seguida de un silencio confuso con el que se supone que se despida al estudiante sin doctorados que no es más que un pobre siervo porque no tiene los méritos suficientes para dirigirse a "su Señoría!", o algo así.
Preferí regresar rápido a mi casa, pero antes verifiqué que el supuesto tianguis de libros estaba en verdad carísimo y que no tenía nada comprable más allá de unas hojas decoradas para escribir cartas que nunca enviaré, pero que dejaré estrictas instrucciones de entregar en manos de sus destinatarios si muero atropellada uno de estos días.
Llegué a mi casa a aprovechar que mi mamá festejaba su aniversario no.33 y me empiné media botella de vino de un jalón. Así de mal estaba el asunto. Supongo que me atacaron las dudas infernales, vi todo demasiado grande, demasiado difícil, vaya... hasta imposible. No sé escribir, no sé qué chingados es un verbo transitivo y dudo mucho poder escribir nada medianamente decoroso. Me empecé a atormentar pensando en los enormes libros del Hospital con sus miles de recibos, oficios y presupuestos que no sé si pueda interpretar. ¿Dónde meter las quejas de los leprosos? Primero les doy la razón y luego me arrepiento y luego encuentro otra cosa que sugiere lo que ya había descartado. ¿Qué guardo, con qué me quedo y dónde lo pongo? Nunca iba a poder. Me imaginé a todos los sinodales interrogándome con la misma actitud que la del señor coordinador y entré en pánico. Siempre habrá algo que no sepa, algo que esté asumiendo sin fundamentos y un montón de cosas que no consideré. El terror, los nervios, el miedo y la sensación de no poder controlar el temblor en las manos. Ese señor fue mi profesor en 1° semestre de Historia, las inseguridades y la frustración de no entender absolutamente nada de palabras, funciones, verbos o el uso básico de la lengua seguía ahí, todavía no había aprendido a mentir descaradamente en los trabajos, adornar los reportes y pretender saber qué diablos estaba diciendo, y él lo sabía, seguramente aún lo sabe. Cuando revisaba mi formato de registro con los datos del proyecto podía ver esa cara que ponen las personas cuando están pensando "¿esto qué?"
¿Todo eso de una visita de 10 minutos a la puta facultad?
Y entonces regresé al archivo. Con razón se me había olvidado lo que era sentirse demolido. Es como regresar de entre los muertos. Imagínese usted que de repente emerge de las profundidades de la tierra y a la salida de la cueva se encuentra con una cara amable que en cuanto lo ve levanta la mano para llamarlo y contarle que algo muy malo pasa porque la jefa está de mal humor y anda muy especialita. Luego, aparecen más personas que no parecen notar que está usted ensagrentado, con la ropa hecha jirones y completamente cubierto de tierra. Le preguntan si tiene el archivo del inventario que hizo hace un par de años y que no lo encuentran, mientras que otra cara familiar le enseña una carta antigua muy graciosa con la que seguramente se va a reir.
Ayer estaba hasta el mero fondo de la fosa común.
Llegué, saludé en la entrada y como no encontré a Marina me fui al archivo, me senté y de pronto entró la Sra. Coordinadora: "uy, el trío dinámico", el señor pegaba un legajo roto con un poco de resistol blanco que al final no sirvió de mucho y el señor de la barba de Madero se sentía mal, está de luto porque su abuelo murió la semana pasada y tal vez para llevar la conversación nos contó con cierto tono de melancolía del perro de su papá, cómo había tenido perritos y ahora él se había quedado con uno de los perritos ya de tercera generación. Yo estaba desvelada, la locura me fastidió la noche. Después llegó Mrs. Boss y con todo el conflicto de registro me dio el contrato. La parte graciosa es que la Sra. Coordinadora y ella ni se saludaron, se ignoraron olímpicamente como si no estuvieran en la misma habitación. ¿Es este el mundo real, verdad? El señor de la barba de Madero y ella platicaban en confidencia. Diablos, creo que sí la ama. Y no sé si fue cosa del libro perturbador (fucking mind-grenade), pero la calle, el archivo y mi cuarto se sienten sospechosos. Sí, fue cosa del libro que estuve a punto de abandonar en el estante porque estaba muy caro y el vale que me regaló mi hermana se quedaba ligeramente corto. ¡Dios bendiga las tarjetas de débito supuestamente reservadas para emergencias! O tal vez me jodió y en unos años me daré cuenta. ¿Por qué me dejaste toparme accidentalmente con Jane Austen cuando tenía 15 años, Señor? Estaba muy tiernita como para que no me afectara (no mientas Jismena, ya estabas grande cuando te echaste Northanger y Mansfield Park, no culpes a la adolescencia).
Y me pierdo, me pierdo y me pierdo.
Mientras ellos hablaban, yo leía mi contrato y descubrí que me estaba comprometiendo a un montón de cosas: "Claro, voy a entregar esa tesis y agradecerle a la Dirección general por su apoyo". También se supone que les tengo que dar una copia. No puedo recibir otro apoyo o ingreso y si me cachan me pueden mandar al carajo. La angustia me habría abrumado, pero Mrs. Boss se veía tan tranquila que de pronto el humor se me pegó. En observaciones le puso "La Srita tal. con promedio tal y que elabora tal cosa bajo mi tutela". Ah, esa soy yo o al menos eso dice en alguna parte.
Y firmé. Tal vez me pagarán por pedazos, si es que me pagan algún día, dice la Sra. que irá a hablar con no sé quién, pero ahí estaba firmando cuando ayer de veras estaba pensando que tal vez lo mejor sería que desapareciera todo el asunto. ¡FIRMÉ! Ahora me pregunto cómo diablos saldrá eso. Todo iba tan bien cuando no estaba pensando, cuando después de todo aquello de matar la red social me quedé solita con mi cabeza. Era como estar pasando una temporadita en el leprosario... ¿ya enloquecí verdad? Creo que empieza a afectarme pero de verdad me empecé a sentir como si estuviera en otro lado, como si fuera uno de esos retiros espirituales a los que nos llevaban las monjas. Entre los libros elegantes que valieron cada peso, los baratos a los que debería pagarles en diamantes rosas por haber sobrevivido en caminos misteriosos y dejar que los tomara en mis manitas, y los horóscopos de TvNotas, terminé en lugares muy extraños. Yo ya no me sentía yo, la que tiembla en la facultad, aunque realmente no existía. Supongo que fue parte de la gloria del anonimato. Es oficial... esta cuenta se cierra y yo ya no existo. Fue una especie de muerte pública, como tomar el velo o algo así. Como las monjas que se supone que mueren y renacen como esposas de Dios. Ay, sería tan feliz metida de monja si no me quisieran obligar a trapear y cortarme el pelo. Señor mío soy esclava de la vanidad y las cosas brillantes, ¿qué le puedo hacer?
El lugar era un convento en Cuautla y creo que ya les he contado de aquella vez en que sospecho me pegó una insolación muy gacha porque a la mitad del acto mariano me dio una especie de fiebre extraña y la monja me sacó y me llevó a una celda a que durmiera. Qué padre, me salvé del acto mariano y terminé en una celda solita, no en el dormitorio que se suponía iba a compartir con Miss Crawford y sus amigas. Todo parecía muy agradable hasta que me despertaron unos ronquidos en plena madrugada. En la cama de al lado había una monja roncando. Me levanté en chinga, me puse los tennis e intenté regresar a los dormitorios pero todos los edificios del convento se veían iguales y no supe cuál era. Regresé a la celda y al otro día la monja me regañó por no saber tender mi cama.
El encierro, es cierto, aunque aterrador, también puede ser muy pacífico. Claro, se está sometido a la autoridad y no se puede tomar decisiones básicas sobre uno mismo, como los leprosos, que se comen lo que les sirven, no pueden salir y están atrapados porque no tienen otro lugar a dónde ir y se supone que los están cuidado de caridad y buena fe, qué mas podrían hacer afuera? Adentro, claro, te llevan y dirigen como ganado, de un lado a otro con instrucciones y reglas. Te dicen qué comer, qué hacer, a dónde ir, cuánto tiempo tienes para bañarte. Así, terminas de armar tu cajita de cartulina, la adornas y lo que sigue es llevarla a la capilla y ofrecérsela a la virgen. ¿Les he contado de aquel tiempo eterno que pasamos en la capilla en uno de esos retiros en lo que siempre me pasaba algo espantoso? Fue eterno, no debió haber sido tanto, pero el único sonido era el agua corriendo de una fuente y se suponía que estuviéramos calladas, rezando en silencio o también ofrecíamos el silencio, ya no sé.
En uno de esos lugares me perdí. Me hubiera gustado que fuera en Mi Legado, pero no... fue en el volumen 2306 y en mis propios recuerdos traumáticos de monjas.
Que no me estoy quejando, al contrario, ojala pudiera regresar pronto, con todo y mis vendas, estaba de lo más a gusto.
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