"Realizar operaciones menores, entre ellas sangrías y poner sanguijuelas o caústicos". Suena horrible, todo suena horrible, pero si no lo hago no sabría qué más hacer.
Para vivir en el aislamiento más absoluto pienso demasiado en la gente. No me relaciono con la gente. "La gente" ¿quién es "la gente"? La gente de la Facultad, de la escuela, la primaria, las monjas, las amigas y los personajes sórdidos que van y vienen más como un símbolo que como personas reales. Tal vez no sufriría tanto pensando en mí misma si hubiera más gente por quien preocuparme, pero no hay nadie. Supongo que nunca la habido, me he hecho ilusiones pero al final son mentiras de mi propia cabeza. Caray... qué negro se ve todo. Debo ver a Rito y seguir, hasta que los ojos (que ya me duelen) dejen de funcionar y me sienta a salvo, pueda dormir y funcionar. Quiero mentirme y quiero creerme. Sería bonito. ¡LA OBLIGACIÓN! ¡LA MORALIDAD! ¡La RESPONSABILIDAD! Y la reprobación. ¿Se supone que se midan los actos por las consecuencias? Ninguna, más allá de la posibilidad. Y me aferro a mi única ventaja moral, esa que no planeo soltar nunca sólo para estar segura de que he hecho algo bien. Lo más difícil para la gente normal se me hizo muy fácil.
Algo, al menos algo que no perdería porque si lo hiciera... entonces sí que ya no podría vivir. Tal vez, algún día lejano si me extendieran las placas y me firmaran contrato pero no de otra forma. Y de ahí al círculo vicioso de merecer. Hay gente que va por la vida convencida de que lo merecen todo: amor, respeto, felicidad, que alguien se acuerde con una sonrisa. Hay gente que no.
Los secretos y la búsqueda perpetua por tratar de mantenerse vivo un día más. Mi hermana intenta consolarme diciendo que mis faltas son mínimas, que por cierto, encuentra absurdas. Dice que ella y toda la gente han hecho cosas peores. Claro, peores y sin embargo viven bien consigo mismas. ¿Por qué nadie tiene esta sensación de estar viviendo sin derecho a... ser, tener, cualquier otra palabra o cosa? Como estar metido ilegalmente en el cine, sin pagar boleto o meterte a una conferencia de una escuela a la que no vas.
Otra vez se está en primaria, subida en las banquitas con manchas de frutsi en la camisa y la sensación de que no hay mucha diferencia entre estar vivo o muerto. ¡Estoy en falta, en falta! Pero no voy la iglesia, con todo y que mi mamá me intentó llevar a huevo cuando era joven pero nunca pegó. Me decía por qué rezar y por qué pedir hasta que le pregunté si Dios escucharía mis oraciones si no eran mías. Falta mucho para que sea cuarto para la una y empiece a sonar la canción que anuncia el final del día. Y luego más vida que no es vida.
Los primeros cinco capítulos son de 138 páginas. Faltan los últimos dos. Creo que el seis es de 38 y el siete de 19. ¿Cuántas son? Nunca he sabido contar. Creo que ya enloquecí. Tengo que respirar y dejarlo ir.
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