martes, 10 de enero de 2012

Ciencia en ningún lado

En Persuasión, uno de los hijos de Mary se le sube en la espalda a la pobre Anne Elliot que no puede sacarse al escuincle de encima. Por supuesto, como en toda maravillosa ficción, el capitán Wentworth se apiada de ella y se lo quita de encima. En la realidad de siempre, nadie me quitó al hijo del señor Madero de encima. Durante una hora su madre observó impávida como el chamaco se me trepaba en las piernas y se ponía a teclear sobre mi transcripción de programas de estudio antiguos. Vaya, ni siquiera le limpió los mocos. De acuerdo con mi experiencia como infante pegoste en la oficina de mi papá, la política de estas situaciones es jugar con el niño entre diez y quince minutos tras los cual aparece el padre responsable y se lo lleva. Hasta cuando lo bajé y le dije "ya me tengo que poner a copiar", se negó. Supongo que es mi culpa por dejar que jugara con mi celular y oyera mis audífonos, pero cuando se puso violento y fregón me sorprendió que su madre se hiciera la desentendida. Tuve que reprimirlo físicamente. Tenía una hora antes de que cerraran y un programa de estudios más que copiar y el escuincle, al que al principio consecuenté dejando que escribiera su nombre en mi computadora, se convirtió en un monstruo al que después de 40 minutos de estar intentando alejar de mis piernas y mi computadora tuve que cargar fuera del archivo con un chingo de trabajo porque se resistió con uñas y dientes. Digo "uñas" porque se agarró del escritorio y se negaba a dejarse arrastrar. Casi tira todos los papeles y casi me da un paro cardiaco. Me pataleó y peleó y tuve que cargarlo literalmente hablando. ¡Literalmente!
Una vez más, la protagonista de este cuento malo de humor negro sale del problema solita... una hora demasiado tarde para terminar su trabajo.
¿Que no ven que necesito terminar ese puto programa, copiar dos informes de alguna excursión y entregarlo pronto para finiquitar aquel asunto de la beca que ya se acabo y poder irme en paz?
Y como si no tuviera suficiente el conservador del museo que sospecho intenta tirarme la onda de alguna forma macabra me vio de lejos, no supe qué hacer, salude con la mano... ¡y se lo tomó como invitación para platicar! Yo estaba siendo cortés porque ya me había visto no era para que atravesara el patio y fuera a buscarme. Seguramente es una gran persona pero... no, no es una gran persona. Es un tipo como 20 años más grande que yo, con canas, sin dientes, arrugas y vitiligo que va a rondar a la única veinteañera de los alrededores porque me ve chiquita y pendeja. ¡NO SOY UN CANAPE! Ah... y podré ser chiquita pero no pendeja.
Y la verdadera respuesta al por qué no nos vemos si todavía ando por ahí no es porque él se encierre en sea lo que sea que haga y yo me encierre en el archivo, es porque lo evito y planeo seguir haciéndolo.
Estimado señor: Vaya tras la nueva damita de servicio social, se arregla mejor que yo y si se está encamando al monstruo ese que tiene por novio no ha de tener gran autoestima. ¡Ve por ella, galán!

Y el señor Madero, el oftalmólogo perverso y la damita del servicio social platican convencidísimos de congresos y publicaciones, muy entusiastas. Ella dice que le ha dado muchíiiiiiiisima flojera meter algo a un congreso porque su internet anda mal.

[El público estalla en risas de incredulidad y luego hace muesca de nauseas]

En el lado amable, Mrs. Boss me trajo un regalito de Orlando. ¿Ven por qué no le puedo dejar botadas las cosas? Por cierto, nuestra secretaria consentida me regaló una blusa y me mató un poco de emoción. "Oh, alguien pensó en mí". Ah no, ahora termino bien, aunque tenga que soportar la atmósfera de maldad e intriga que se respira en ese lugar desde hace unos meses.
 Y hubiera acabado si ayer no se me hubiera muerto el cable de la computadora con todo y pila o si hoy no hubiera sido atacada por el niño más seguro de sí mismo que he conocido en toda mi vida.
Todo el camino de regreso en metro tuve unas inexplicables ganas de llorar, todo se veía tan... hopeless. Ya saben, hay días en los que todo se ven más triste que otros, entonces entra el fatalismo y el miedo.
Y tengo esta desagradable sensación de que el chamaco me embarró sus mocos.
¿Era muy difícil limpiarlo? Él le dijo "mamá, tengo mocasines" y la madre no hizo nada. ¿Nada! Nunca volveré a sentir simpatía por la esposa del señor Madero nada más porque el señor es muy llevadito quién sabe con cuántas investigadoras feas.
Que se acabe y muera el mundo, no me importa. ¡SUFRAN, SUFRAN TODOS! Y ya no doy ni cinco pesos de limosna... bueno, nada más a los ancianos, pero que los ciegos del metro y los niños pedinches se vayan al carajo.

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