Al terminar la vuelta y pegar con pared, me detuve a averiguar por qué diablos se me habían llenado de agua los goggles. Cuando los revisé solté un elegante "qué mierdas", como la dama que soy, sin percatarme de que a un ladito de mí había una señora con cara de abuelita que me miraba consternada. Sonreir era la opción. Los goggles estaban bien.
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