Vivir rodeada de señoras, por todos lados. ¿Cómo animarse? En pijamas, con el pelo todo enredado, un suéter viejo de los pumas y nada por hacer, no tengo una buena respuesta. ¿De dónde venía el enojo? Ya se nos pasó, pero no sé si tiene que ver con las mujeres de mi hogar. No entiendo el carácter de las personas. ¿Es muy difícil rechazar amablemente a una persona que toca el timbre y pregunta si hay algún trabajo por hacer porque está reuniendo para las medicinas de no sé quién? Ya sé, ya sé que probablemente mentía, pero al final el asunto es la seguridad de que diez o veinte pesos no le hacen daño a nadie, o al menos amabilidad para decir que gracias pero no es necesario, no veo la utilidad de ponerse histéricos y empezar a fabricar teorías donde todos seremos asesinados en nuestras camas (favor de introducir escena de Orgullo y Prejuicio aquí). ¿Qué hay con la histeria? Y luego vienen los discursos sobre mi ingenuidad y el "me preocupas" porque soy idiota y todo mundo se va aprovechar de mí.
Nombre, si se entera de aquellos pequeños depósitos a los albergues estoy muerta, por eso escondo los recibos. ¿Es mucho? No, puedes costear un metro cuadrado de muro con lo que te compras el tacón de un zapato, porque con eso no te alcanza para los dos, es más, ni siquiera pagas el tacón, nada más las agujetas. No te alcanza ni para comprar una playera por el amor de Dios y en cambio se duerme más contento, claro, si pudiera volver a dormir, que ayer tuve una noche espantosa. Con lo que cuestan unos zapatos, unos pantalones, o una bolsa, se puede costear hasta varios metros para el albergue de un señor que tiene 200 perros callejeros. Ah, pero mis juguetes y libros infantiles sí podían ir a dar con los huérfanos. El castillo de She-Ra! Está bien, olvidemos a los perros, ser amables no cuesta nada, aunque si se quiere gastar hay muchos buenos lugares necesitados, mi asociación de carmelitas ermitañas, por ejemplo, somos misioneras y usamos este blog para predicar la palabra del Señor, recibimos donativos.
Por otro lado, y en las cuestiones de todos los días, diez pesos no alcanzan ni para unos cigarros, en cambio le compran algo decente a cualquiera de los ancianitos que tocan la guitarra o la armónica en el metro, o el que lee la Biblia a veces por la calle de Tacuba. Ya si resulta que todos nos engañan, pues ni modo, ya será cosa de ellos y sus almas, no mía.
Lo mismo con los malos modos. Me pregunto si mi hermana algún día admitirá que metió la pata en algo. Yo toda preocupada porque le había dictado mal el código de la tarjeta para que comprara música y resulta que le apretó "cancelar", en lugar de "canjear". ¿Lo admitió? No! En lugar de eso me dio el trato "ash, olvídalo, déjame sola" y claro, luego se fue a disculpar porque tengo que comprender la tensión y la vida y la chingada. El problema es que ellas dos se llevan mal, tienen un día malo porque se fueron a pasear juntas y yo salgo bailando. Una siempre se está quejando de la otra, pero conmigo. ¿Y yo qué hago? Nada. A ver, si de veras mi mamá tiene razón y todo mundo va a abusar de mi buena voluntad, las primeras son ellas dos. Si yo no fuera tan mensa no les seguiría la corriente, les diría que ya me hartaron y me iría a cotorrear la onda alegremente. ¿Se sienten mal, sufren, tuvieron un mal día? Me vale madres, ahí los vidrios! Le preocupo... Y aparte de todos me esconden las cocas!
No sé si los adoctrinaron con aquel cuento de la señora que llega a una iglesia y da una gran limosna pensando que se la contaran como buena, pero resulta que el centavo que da una viejita vale más... a mí sí. "¿Por qué, si yo di más?" Ah, pues porque no se trata de cuánto des, sino de dar todo lo que tienes, y ese centavo era lo único que tenía la viejita. Al final todos nos sentimos chinches por ser tan moralmente defectuosos. Yo me sentía chinche cuando me la contaban, igual con lo de Santa Teresita que quería ser mártir, yo no quiero ser mártir, si se trata de mi cabeza me hago pagana, pero admitirlo cuando estás en primaria es una desgracia moral de la que uno nunca se recupera. Si no das hasta que te duela, no sirve, mejor no hagas nada, o algo así entendí. No importa, al final nunca se logra hacer bien las cosas, pero la intención cuenta me gusta pensar. Fe, esperanza y caridad... bueno, mientras me le aferre a una sobreviviré.
Señor, sí alguna vez tengo sobrinos, no permitas que sean niñas, entonces sí que pasaré el resto de mi vida como mediadora en pleitos de gallinero. Que por cierto, el bebé de Miss Crawford parece que será niño y creo que le dije que me parecía muy bien porque con las mujeres nunca se sabe si te saldrá una vieja perra. ¿Quién me hizo tan misógina? Las mujeres con las que vivo, y mis tías y mis primas y las niñas del colegio, que yo recuerdo que eran particularmente malvadas. Que por cierto, yo no me acordaba (o a lo mejor no me enteré, pasé los últimos años de primaria leyendo novelas nacas de Sanborns escondida detrás de un pilar por el taller de cocina) pero resulta que cuando estábamos en 5° de primaria, a dos de mis ex-compañeritas (una se acaba de casar... de blanco, ja!) las mandó llamar la monja para que dejaran de acosar a un pobre desgraciado que tuvo la mala suerte de llamar su atención y ya temía por su integridad.
Ja!
Lo siento, yo estaba botada de risa con la historia.Ya para que la mamá de uno de los pocos escuincles que había en la escuela tuviera que pedir protección para la honra de su muchacho, es porque de plano lo han de haber asustado bastante. Pobre infeliz, no le ha de haber ido bien en la vida.
Y ya me estoy riendo otra vez, quejarse es la receta para la felicidad, no hay duda.
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