Transformaron habitaciones por medio del color y las texturas, reformaron sus jardines, descubrían nuevos talentos en sí cada día, eran como conquistadores en territorios vírgenes, pero lo que más les satisfacía era metamorfosearse con la ayuda de las máquinas de coser. A menudo, mientras manipulaban las telas o se envolvían en ellas, les acometían ataques de risa y se dejaban caer en los sillones, incapaces de contenerse.— Menos mal que no nos vea nadie, Bets.— Nos tomarían por locas.— A lo mejor lo estamos.
Y de nuevo prorrumpían en carcajadas. Aquel derroche de sana vitalidad, aquellas celebraciones de autodescubrimiento, de flagrante pero inocente disfrute de su vanidad, se interrumpieron bruscamente con el aborto de Daphne y el embarazo de Betty. La chispa se había esfumado y las dos sobrias y jóvenes matronas habían relegado al pasado a las frívolas muchachas.
Doris Lessing, Un hijo del amor (no me había fijado en el título del cuento... uuuy, ya sabemos pa' donde van la señora y el soldado, chale, cuánto adulterio.)
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