Mis tenis, según algunas opiniones podrían ser los culpables de que me sea imposible usar tacones. Dice Miss Crawford que me expandieron el pie, usó otra palabra, pero ya no me acuerdo. Zapatos, tenis y zapatitos. Supongo que hay que usarlos, a los leprosos les prohibieron andar sin zapatos, en alguna parte, en algún punto de la edad media que seguramente tiene una fecha que corté a propósito de mis hojitas porque a nadie le importa, a lo mejor importa o quién sabe, ya no sé. Me emboté y no estaba pensando, ya ni sé qué hice y estaba tan cofundida que sacaba notas al pie al mismo tiempo que escuchaba el recuento de las alegrías y desventuras laborales de Jane desde el jueves hasta ayer. El problema es que recuerdo perfectamente los detalles de todo lo que pasó en la chamba de Jane, entonces... ¿qué putas hice en la computadora? No sé, pero ya mañana veo.
Ahora pienso en mis tenis. Tenis, tennis... no, eso es el deporte, mis tenis son otros. ¿Qué haría sin mis tenis, especialmente si recordamos mi pie chueco? Nunca recogimos esas plantillas, a mí mamá se le olvidó y yo seguí viviendo sin ellas. Gastritis y mis otras enfermedades imaginarias que no mencionamos porque la angina de pecho ya no se usa desde Juárez.
Me acordé de la escena de la Sirenita en la que la gaviota busca el latido del príncipe Erik en la planta del pie. Tengo un corazón débil, por eso necesito mis tenis.
No sé bien cuál sea la conexión, pero debe haberla.
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