viernes, 28 de enero de 2011

Un poco de creatividad masculina

Un papá va a arrastrando a dos niñas, una como de 10 años y otra de cinco por el pasillo de la tienda. No se quieren ir. Entonces, se detienen para ver a un maniquí (de los que no tienen cabeza) y el papá lo señala, con muchísima seriedad: "¿Ya vieron? eso le pasó por compradora, la descabezaron."

Un señor de lo más sabio, quién sabe, a lo mejor funciona y salva a sus pequeñas del mundo de la frivolidad... ja, no, no es cierto, no creo que lo haga. ¡Pero buena suerte con sus tácticas terroristas señor!

Por cierto, sobre la participación involuntaria de gente extraña en un día de compras inofensivo: ¿Quien putas voltea a ver a una mujer embarazada de siete meses y le dice "uy, lo que te falta, yo engordé 25 kilos los últimos dos meses", sólo para describir de una manera muy gráfica la cesárea de emergencia que sigue a la crisis de un bebé chueco que no mejora porque "estaba muy estrecha".

...

(confusión)

...

(angustia)

...

(incredulidad)

Tarara, bueno, vamos a olvidar el episodio de la desconocida describiendo sus asuntos más privados.

Momento conmovedor del tipo "tuve infancia", aunque parezca que no:

Cuando yo era joven, mi mamá y mi hermana me hacían burla por "salir barata". Me gustaban las libretas, no necesitaba unos "shorts de color uva, no morado, no púrpura, ¡UVA!" como pedía mi hermana a muy corta edad, ni caminar largas horas para conseguir la ropa perfecta para unos quince años o pedir el mismo par de zapatos en tres colores diferentes. Era una niña feliz que lo único que quería era una Barbie y un perrito. Perdí mi primera Barbie en Chapultepec, y a Goofy lo perdimos ya algunos años.
Quién sabe qué me pasó después, supongo que podemos remontarnos a la educación que me dieron  mi mamá y hermana cuando tenía 14 y 15 años. Esa es la edad en que te llevan al salón de belleza, al cirujano plástico y las tiendas. ¿De veras había vivido en sudaderas viejas de mi papá y botas todo terreno? Ahí viene una revelación muy importante mi querido lector: ¡hasta usaba gorras!
¡Oh por Dios! pero será un secreto entre usted y yo.  Ahora que lo pienso y a pesar de vivir en esta costumbre de compras estúpidas destinadas a nada, creo que lo único que sigo necesitando es una Barbie y un perrito. O varias Barbies, ya no caben en la vitrina. Sobre el perrito, me queda el mechón de pelito blanco de Gufildro, ese que metí en un guardapelo, y mi pequeño Rito, que es todo el mundo y un poco más.
¿Qué más necesito? Uno creería que la alegría de ver a Rito estirarse en las mañanas, a medio despertar, la visita de una buena amiga, y en general, detenerse a oler las flores,  es más que suficiente para ser feliz... pero no creo que sea  cierto porque mi cuarto está demasiado lleno de porquerías, debo hacer algo. No quiero convertirme en una de esas personas que almacenan periódico y cajas hasta formar laberintos en sus hogares.

Tomé una decisión loca en estos días y empecé por las paredes, quité muchos cuadros, los empaqué y los metí en el closet. Desde hace unos meses había decidido que no volveré a tocar un pincel nunca más, pero  apenas me decidí a empacar varias pruebas de esa fea costumbre que tenía, los que hice con la maestra de pintura que le coqueteaba a mi papá y que juraba que había sido secuestrada por extraterrestres en Cuernavaca, y un par de chistes locales más, esos que sólo yo entendía.

¿Cuando entendí que la felicidad en la vida se compone de cosas, colores, brillantina y lentejuelas? No lo sé, pero fue un gran descubrimiento. Algún ladrón malvado se robó el sombrero de ala ancha que iba a comprar, era una pamela maravillosa, pero está bien porque lo sustituí con una gran diadema y creo que podré sobrevivir con ello.

De eso se trata todo, sobrevivir una lentejuela a la vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario