Una cabaña solitaria junto al mar, tan coqueta, tan pintoresca y tan... sin luz. Casi caigo muerta cuando me explicaron aquello del concepto "ecológico", entiéndase sin tele, algunos ratos sin nada de corriente, ya ni mencionar aquel asunto de internet. ¿Cómo? Casi chillo de angustia. Gracias a Dios el baño era perfectamente civilizado y funcional, como debe ser. De lo contrario tal vez habría muerto de la impresión... ¿sin tele?
Bueno, lo compensó el paisaje, una cabaña de lo más tropical y mucha, mucha comida. Mi hamaca, porque era mía al menos en mi corazón, debo decir que tiene que ser lo mejor que me haya pasado en los últimos años, porque ha de saber usted que hacía un tiempo considerable que no me sentía estúpida e inexplicablemente feliz. Supongo que fue un poco la playa y el aislamiento, porque más lejos del mundo no se podía estar. Vaya, al final el municipio tiene una sola avenida y no tiene drenaje. Todo es el doble de caro y parece que los extranjeros en bicicleta son los verdaderos habitantes del lugar. Yo no sé andar en bicicleta y tal vez nunca aprenda.
Ha de haber sido el efecto de levantarse a las cinco o media o seis de la mañana para correr a la playa a ver el amanecer, pero de repente no podía recordar exactamente por qué diablos solía sentirme tan gris y tan muerta en los días anteriores. La alegría estaba en lugares extraños, como encontrar un pedacito de coral o ver qué tanto podía acercarme al pelícano que flotaba alegremente antes de que se hartara de mi acoso y se largara. Nada más me faltaba Rito, creo que hasta dormí, supongo que por el cansancio y el frío.
Ah, creo que me falta reparar en ese pequeños detalle: ¡HACÍA FRÍO!
Lo que nos lleva a un momento de reflexión interesante: ¿qué hay conmigo y las búsquedas desventuradas del correo?
Recordemos que la última vez que me lancé a buscar el correo terminé en un lugar de dudosa seguridad con un letrerote que anunciaba Guatemala derecho, gracias por venir.
En esta ocasión, sin embargo, la culpa fue enteramente de los ojetes de la tienda en la zona arqueológica que por cierto estaba hasta la madre. ¿Se imagina usted la emoción al ver un buzón de correo rapidito y fácil sólo para mí? Compré la postal, conseguí la dirección, escribí y pedí la estampilla... que no tenían. ¿No habría sido conveniente informármelo antes, no sé, como por ejemplo unos diez minutos antes, cuando les compraba la puta postal después de preguntar por el buzón de correos que estaba afuera? Me dijeron que había otro en una farmacia en el pueblito. Farmacia, farmacia, tenía que encontrar esa farmacia y salí corriendo tan pronto mi mamá anunció que quería pasar al pueblito a comprarle algo a su maestro de pintura. No creí que fuera difícil, digo, cuántas podía haber? Todo el pueblo (municipio, perdón), era sólo una larga avenida, claro, a menos que obscureciera a las cinco de la tarde y me lloviera.
No encontré el buzón pero me mojé de lo lindo y caminé unas buenas calles escurriendo ante la mirada extrañada de los turistas que se refugiaban en los bares y restaurantes de alrededor.
No se preocupe usted, al final el aeropuerto tuvo la gentileza de ayudarme un poco con el asunto. Conseguí las estampillas, escuché con mucha satisfacción que el vuelo estaba demorado y me fui a buscar. Tanto sufrimiento y al final ahí estaba. ¡Rojo y grandote!
En resumen, creo que de haber tenido a Rito me habría podido quedar para siempre, aunque la coca de dieta costara veinte pesos, sólo hubiera fosas sépticas y la luz se fuera después de un ratito por tener que recurrir a una planta rudimentaria en lugar de tener electricidad formal.
Por fin, la palapa cervecera junto al mar. Bueno, no era una palapa y las cervezas nada más eran mías pero yo era muy feliz. No sé bien por qué. Será que ya no me acordaba de lo bonito que es nadar y pelearse con el mar para que te de chance de meterte por lo menos hasta los hombros. No se crea, la sal sigue siendo molesta y a la arena no se le quita esa cochina costumbre de quedarse pegada en todo, pero no nos quejamos.
Bueno, también admito que mi hermana y yo escenificamos una simpática escena en pleno adoratorio para deleite de los turistas que nos observaban con cara de "gente peleando, qué curioso" y que caminé bajo la lluvia como desquiciada por unas tres o cuatro calles buscando el dichoso buzón fantasma aquel, pero creo que es parte del encanto.
Si no hubiera una escena con el personaje en cómica desgracia no sería una película de esas agridulces donde no se sabe en qué terminó.
Ahora, a ponernos al día con nuestras telenovelas y decidir qué hacer en los próximos días. ¿Escribirle a la Sra. Boss? No lo sé, eso lo retrasaré un día más.
¿Qué es un día más? A estas alturas, ya hasta dejamos de contar los días.
Que padre! Pasar unos días en un lugar lejano a la civilización en donde solo exista la tranquilidad.
ResponderEliminarDebo de confesarle que se me antojo un viajecito de esa naturaleza, creo que ver el mar me haría soportar la falta de internet.
Hola don Fulgencio! pues fíjese que llegué a una conclusión, se me hace que no ha de ser tan difícil vivir viajando con una mochila, digo, esos turistas de la bicicleta se veían muy tranquilos y había otros pidiendo aventón sin temor a ser asesinados por un psicópata. Debe haber una forma de huir a una palapa junto al mar, digo, la gente lo hace... y en el pueblito había un café internet entonces creo que podría sobrevivirse.
ResponderEliminarEl mar lo hace todo soportable,muy cierto, incluyendo la lluvia y la sal en los ojos, bien vale el dolor. Es que la civilización es pura angustia!
Me había olvidado por completo de los psicópatas y eso trae a mi mente a los traficantes de órganos. Es cierto que la civilización es una angustia que se agudiza todos los días. Y con esto llego a la conclusión de que no hay un lugar idóneo para vivir tsss
ResponderEliminarNo lo hay, no. Se me habían olvidado los traficantes de órganos, ya sabe, esos que se roban a los niños y los dejan vacíos en el super y lugares así. Ahí se van con los psicópatas, aunque al menos ellos lo hacen por puro esparcimiento, atacar a alguien por dinero está peor. No, no hay lugar seguro.
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