jueves, 17 de febrero de 2011

Anuario Universal

Nunca entendí por qué mi mamá quiso conservar los dos colmillos deformes que se me quedaron atorados en el paladar y que hubo que sacar con cirugía. ¡Están deformes, no son dientes! No sé si todavía los tenga, podría ser, pero ya entendí por qué los padres guardan esas cosas. Hace un par de días descubrí por qué le andaba colgando la lengua a Rito de un sólo lado. Para variar luchaba con él para sacarle un klennex de la boca (¿por qué le gustan?) y cuando le abrí el hocico descubrí que ya no tiene un colmillo. Para ser más exactos, le queda un diente chiquito, chiquitito, y un colmillo, al menos en una mitad inferior. Arriba tampoco tienen tantos, pero son más de dos. No sé si se le habrá caído en la limpieza de dientes o si fue aquí y anda perdido en algún rincón obscuro de mi cuarto. De todas formas me gustaría encontrarlo o cachar el próximo que se le caiga. Si la gente trae desagradables colmillo de víctimas inocentes (aunque muy feroces) colgadas de cueritos o cosas parecidas para presumir su gran enfrentamiento con el mundo salvaje, yo no veo por qué no podría poner un colmillito en un guardapelo (aunque en teoría sean para poner pelo). 

Yo no sé ustedes, pero abrir el cofrecito donde guardo un mechón de poco pelito blanco que conservé de Goofy, antes de que se le cayera todo, es una de las cosas más reconfortantes que hay en el mundo.

¡Reliquias!

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