Reconsidere el valor de una buena lija y un poco de cera para muebles rústicos. Ya metió la pata con el color, ni modo. ¿Qué opciones hay? Volver a pintar, claro, pero eso significaría tener que comprar más pintura, lijar todo el mueble otra vez, volver a pintar y encontrarse con que nos equivocamos con el color una vez más, porque aceptémoslo, no sabíamos cómo diablos queríamos que se viera en primer lugar.
¡A lijar! Raspe donde se le ocurra, si se le caen los cajones y se golpea todo, mucho mejor. En teoría se supone que se deben rebajar las partes donde más se notaría el uso con el paso de los años, pero son puras mentiras. Ráspele donde se le antoje. La cera realmente no sirve de gran cosa, ahórrese los 80 pesos.
Vuelva a acomodar todo en su lugar, si descubre que le sobra espacio (por pequeño que sea) váyase en friega a conseguir una maletita coqueta para que lo ocupe, de lo contrario, lo único que pasara con ese vacío es que se convertirá en el depósito ideal de platos sucios, pasadores que dejé tirados, cremas para peinar que jamás regresó a su lugar y demás porquerías (sí, esa fue mi excusa para justificar la maletita, mi consciencia se lo creyó).
Por otro lado, si sigue odiando el color, cambiar las manijas ayuda ¿Quién quiere más flores cuando se pueden poner dos coquetadas con diseño de mapa antiguo? Si se pregunta el porqué sólo cambié dos, le diré que usar un serrucho es mucho más difícil de lo que parece en la tele.
¡La tele nos miente!
Ahora sí no lo vuelvo a hacer, y si lo intento, le suplico que me haga oler thinner hasta que se me haya olvidado el proyecto. Es por el bien de todos, incluyendo el de Rito.


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