martes, 28 de septiembre de 2010

No need

A buena hora todavía, más o menos a las once, me dio sueño y me dormí. Claro, tuve un poco de ayuda pero me dormí y fue maravilloso. Dormí y dormí sin interrupciones, si Rito se movió, se cambió de lugar, gruñó en sueños o se puso a patear como acostumbra no me enteré, yo era muy feliz en la inconsciencia. También el despertar fue diferente, igual de bueno, brinqué de la cama, tenía energía, ánimos, no me sentía mal. Fui por café y de pronto me dije: "Son las nueve de la mañana, puedo hacer lo que quiera, tengo todo el día, puedo ir a donde quiera, no circulo pero no importa, puedo tomar un camión en diez minutos e ir a donde yo quiera, con quien yo quiera, a hacer cualquier cosa porque tengo todo el día!!!!!!"  

Hasta que descubrí que ni tenía nada que hacer, ni a donde ir y regresé a la cama a ver televisión, luego leí un ratito, tomé más café, me lavé la cara, no me quité las pijamas obviamente y pasé un día estéril e inútil como todos. Tal vez por eso no duermo, no hay ninguna razón para levantarse temprano. Tal vez contestar el teléfono y rechazar ofertas de tarjetas de crédito, eso si no logro engañarlos con el cuento de que mi mamá no está, soy menor de edad y no tiene caso que intenten marearme con sus ofertas. 

¿Qué hacer? Ver telenovelas con Jane. Me pregunto si empieza a preocuparle que hable con la televisión. El resto del día vacío. Supongo que pude haber ido a buscar un regalo de cumpleaños para mi hermana, es mañana, y ni siquiera fui por una tarjeta. Es que, no tiene caso, no puedo darle nada que le guste. El objetivo de un regalo es lograr un exabrupto de felicidad. Como la preparación para hacer de unos boletos una sorpresa, el recorrido para encontrar pulseras aparatosas y extravagantes que dijeran: "¿te acuerdas cuando hojeabas esa revista y me dijiste que te encantaban cierto tipo de pulseras enormes que no había podido encontrar? aunque no importaba porque no ibas a gastar cuando sólo las llevarías a tus clases de baile o de pintura".  La falda perfecta que a la mera hora resulta que ya no está y que me provoca ahogar al vendedor con su propia corbata. La encontraron, no se preocupe, nadie puede  interponerse cuando de encontrar el regalo perfecto se trata. La recompensa está en el impacto inicial y la sorpresa. No hay sensación de mayor logro que atinarle... porque al final se trata de mí, obviamente. 
Yo quiero ser feliz, y si recibo una mueca desganada con un "gracias" forzado que parece no recordar que Mafalda era su comic de la infancia me va a matar de la decepción. Mi papá le decía "Mafaldita" a veces, o al menos eso recuerda ella. ¿Se le pasó a alguien el valor emocional del detalle? Me crucé una avenida (bueno no, era una calle muy transitada pero la idea es la misma), con Rito en brazos para alcanzar al señor que vende muñecas de Mafalda hechas a mano y  no sirvió de nada, la vio con cara de confusión, decepción y chiste... lo siento, no puedo darle unas arracadas de brillantes de Tiffany, pero no había por que exiliar mi regalo sobre el cesto de la ropa sucia. Lo mismo con la muñeca de porcelana, la libreta que conseguí en una feria del diseño pensando que le serviría para su scrapbook o todos los demás regalos que le he dado desde que me pude mover yo sola. 
Si no coopera siendo feliz no puedo hacer nada. Por eso mejor ni lo intenté.

Mi mamá le compró algo, le agregaré mi nombre a la tarjeta.

¿Para qué salir? En especial cuando gente del colegio se está etiquetando bajo el título "los años maravillosos"... ¿en serio? ¿los miserables e incómodos años de la adolescencia confusa y desagradable son sus años maravillosos? 

¿Qué diablos?

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